Madame Bovary

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En efecto, aquella ternura crecía de día en día, a medida que aumentaba el rechazo de su marido. Cuanto más se entregaba a uno, más detestaba al otro; jamás Carlos le había parecido tan desagradable, con unas manos tan toscas, una mente tan torpe, unos modales tan vulgares como después de sus citas con Rodolfo, cuando se encontraban juntos. Entonces, haciéndose la esposa y la virtuosa, se inflamaba ante el recuerdo de aquella cabeza cuyo pelo negro se enroscaba en un rizo hacia la frente bronceada, de aquel talle a la vez robusto y elegante, de aquel hombre, en fin, que poseía tanta experiencia en la razón, tanto arrebato en el deseo. Para él se limpiaba ella las uñas, con un esmero de cincelador, y se maquillaba con tanto cuidado y se ponía pachuli en sus pañuelos. Se cargaba de pulseras, de sortijas, de collares. Cuando él iba a venir, llenaba de rosas sus dos grandes jarrones de cristal azul, y arreglaba su casa y su persona como una cortesana que espera a un príncipe. La criada tenía que estar continuamente lavando ropa; y, en toda la jornada, Felicidad no se movía de la cocina, donde el pequeño Justino a menudo le hacía compañía, la miraba trabajar.

Con el codo sobre la larga mesa donde planchaba, observaba ávidamente todas aquellas prendas femeninas extendidas a su alrededor: las enaguas de bombasí, las pañoletas, los cuellos, y los pantalones abiertos, anchos en las caderas y estrechos por abajo.


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