Madame Bovary
Madame Bovary Comenzaron de nuevo a amarse. Incluso, a menudo, en medio del dÃa, Emma le escribÃa de pronto; luego, a través de los cristales, hacÃa una señal a Justino, quien, desatando rápido su delantal, volaba hacia la Huchette. Rodolfo venÃa; era para decirle que ella se aburrÃa, que su marido era odioso y su existencia espantosa.
—¿Qué puedo hacer yo? —exclamó él un dÃa impacientado—. ¡Ah!, ¡si tú quisieras!…
Estaba sentada en el suelo, entre sus rodillas, con el pelo suelto y la mirada perdida.
—¿Y qué? —dijo Rodolfo.
Ella suspiró.
—IrÃamos a vivir a otro lugar…, a alguna parte…
—¡Estás loca, la verdad! —dijo él riéndose—. ¿Es posible?
Emma insistió; Rodolfo pareció no entender nada y cambió de conversación.
Lo que él no comprendÃa era toda aquella complicación en una cosa tan sencilla como el amor. Emma tenÃa un motivo, una razón, y como una especie de apoyo para amarle.
