Madame Bovary

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Se oyó un ruido de pasos en la acera. Carlos miró, y, a través de la persiana bajada, vio junto al mercado, en pleno sol, al doctor Canivet que se secaba la frente con su pañuelo. Homais, detrás de él, llevaba en la mano una gran caja roja, y los dos se dirigían a la farmacia.

Entonces Carlos, presa de una súbita ternura y de desaliento, se volvió hacia su mujer diciéndole:

—¡Abrázame, cariño!

—¡Déjame! —dijo ella, toda roja de cólera.

—¿Qué tienes? ¿Qué tienes? —repetía él estupefacto—. ¡Cálmate! ¡Bien sabes que lo quiero!…, ¡ven!

—¡Basta! —exclamó ella con aire terrible.

Y escapando de la sala, Emma cerró la puerta con tanta fuerza, que el barómetro saltó de la pared y se aplastó en el suelo.

Carlos se derrumbó en su sillón, descompuesto, preguntándose lo que le pasaba a su mujer, imaginando una enfermedad nerviosa, llorando y sintiendo vagamente circular alrededor de él algo funesto a incomprensible.

Cuando de noche Rodolfo llegó al jardín, encontró a su amante que le esperaba al pie de la escalera, en el primer escalón. Se abrazaron y todo su rencor se derritió como la nieve bajo el calor de aquel beso.


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