Madame Bovary

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Al choque imprevisto de esta frase que caía sobre su pensamiento como una bala de plomo en una bandeja de plata, Emma, sobresaltada, levantó la cabeza para adivinar lo que él quería decir; y se miraron silenciosamente, casi pasmados de verse, tan alejados estaban en su conciencia el uno del otro. Carlos la contemplaba con la mirada turbia de un hombre borracho, al tiempo que escuchaba, inmóvil, los últimos gritos del amputado que se prolongaban en modulaciones lánguidas entrecortadas por gritos agudos, como alarido lejano de algún animal que están degollando. Emma mordía sus labios pálidos, y dando vueltas entre sus dedos a una ramita del polípero que había roto, clavaba sobre Carlos la punta ardiente de sus pupilas, como dos flechas de fuego dispuestas para disparar. Todo en él le irritaba ahora, su cara, su traje, lo que no decía, su persona entera, en fin, su existencia. Se arrepentía como de un crimen, de su virtud pasada, y lo que aún le quedaba se derrumbaba bajo los golpes furiosos de su orgullo. Se deleitaba en todas las perversas ironías del adulterio triunfante. El recuerdo de su amante se renovaba en ella con atracciones de vértigo; arrojaba allí su alma, arrastrada hacia aquella imagen por un entusiasmo nuevo; y Carlos le parecía tan despegado de su vida, tan ausente para siempre, tan imposible y aniquilado, como si fuera a morir y hubiera agonizado ante sus ojos.


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