Madame Bovary

Madame Bovary

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Carlos se paseaba de un lado a otro de la habitación. Sus botas crujían sobre el piso.

—¡Siéntate! —dijo ella—, me pones nerviosa.

Él se volvió a sentar.

¿Cómo era posible que ella, tan inteligente, se hubiera equivocado una vez más? Por lo demás, ¿por qué deplorable manía había destrozado su existencia en continuos sacrificios? Recordó todos sus instintos de lujo, todas las privaciones de su alma, las bajezas del matrimonio, del gobierno de la casa, sus sueños caídos en el barro, como golondrinas heridas, todo lo que había deseado, todas las privaciones pasadas, todo lo que hubiera podido tener, y ¿por qué?, ¿por qué?

En medio del silencio que llenaba el pueblo, un grito desgarrador atravesó el aire. Bovary palideció como si fuera a desmayarse. Emma frunció el ceño con un gesto nervioso, después continuó. Era por él, sin embargo, por aquel ser, por aquel hombre que no entendía nada, que no sentía nada, pues estaba allí, muy tranquilamente, y sin siquiera sospechar que el ridículo de su nombre iba en lo sucesivo a humillarla como a él.

Había hecho esfuerzos por amarle, y se había arrepentido llorando por haberse entregado a otro.

—Pero puede que fuera un valgus —exclamó de repente Bovary que estaba meditando.


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