Madame Bovary
Madame Bovary —¡Tendremos otras! —replicó Emma.
Y como hablándose a sà misma:
—SÃ, será bueno viajar… ¿Por qué tengo el corazón triste, sin embargo? ¿Es el miedo a lo desconocido…, el efecto de los hábitos abandonados o más bien…? No, es el exceso de felicidad. ¡Qué débil soy, verdad! ¡Perdóname!
—TodavÃa estás a tiempo —exclamó Rodolfo. Reflexiona, quizás te arrepentirás después.
—¡Jamás! —dijo ella impetuosamente.
Y acercándose a él:
—¿Pues qué desgracia puede sobrevenirme? No hay desierto, precipicio ni océano que no atravesara contigo. A medida que vivamos juntos, será como un abrazo cada dÃa más apretado, más completo. No tendremos nada que nos turbe, ninguna preocupación, ningún obstáculo. Viviremos sólo para nosotros, el uno para el otro, eternamente… ¡Habla, contéstame!
Rodolfo contestaba a intervalos regulares. «SÃ… SÃ…»
Ella le habÃa pasado las manos por los cabellos y repetÃa con voz infantil, a pesar de las gruesas lágrimas que le caÃan:
—¡Rodolfo! ¡Rodolfo! ¡Ah, Rodolfo, querido Rodolfito mÃo! Sonaron las campanadas de medianoche.
—¡Las doce! exclamó Emma. ¡Vámonos, ya es mañana! ¡Un dÃa más!