Madame Bovary

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Rodolfo se levantó para marcharse; y como si aquel gesto fuese la señal de su fuga, Emma exclamó, de pronto, con aire jovial:

—¿Tienes los pasaportes?

—Sí.

—¿No olvidas nada?

—No.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo.

—Es en el Hotel de Provence, donde me esperarás, ¿verdad?… a mediodía…

Rodolfo hizo un gesto de afirmación con la cabeza.

—¡Hasta mañana! —dijo Emma en una última caricia.

Y le miró alejarse.

Rodolfo no miraba hacia atrás, Emma corrió detrás de él inclinándose a la orilla del agua entre malezas:

—¡Hasta mañana! —exclamó.

Rodolfo estaba ya al otro lado del río y caminaba deprisa por la pradera.

Al cabo de unos minutos se detuvo; y cuando la vio con su vestido blanco evaporarse poco a poco en la sombra, como un fantasma, sintió latirle el corazón con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en un árbol para no caer.


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