Madame Bovary
Madame Bovary —¡Qué imbécil soy! —dijo lanzando un espantoso juramento. No importa, ¡era una hermosa amante!
Y súbitamente se le reapareció la belleza de Emma, con todos los placeres de aquel amor. Primeramente se enterneció, después se rebeló contra ella.
—Porque, al fin y al cabo —exclamaba gesticulando, yo no puedo expatriarme y cargar con una niña.
Y se decÃa estas cosas para reafirmarse en su decisión.
—Y, encima, las molestias, los gastos… ¡Ah!, ¡no, no, mil veces no! ¡SerÃa demasiado estúpido!