Madame Bovary

Madame Bovary

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—¡Mujer!, ¡mujer! —gritó Carlos.

Emma se paró.

—Pero ¿dónde estás? ¡Vente!

La idea de que acababa de escapar a la muerte estuvo a punto de hacerle desvanecerse de terror; cerró los ojos; después se estremeció al contacto de una mano en su manga; era Felicidad.

—El señor la espera, señora; la sopa está servida.

¡Y hubo que bajar!, ¡y hubo que sentarse a la mesa!

Intentó comer. Los bocados le ahogaban. Entonces desplegó su servilleta como para examinar los zurcidos, y quiso realmente aplicarse a ese trabajo, contar los hilos de la tela. De pronto, le asaltó el recuerdo de la carta. ¿La había perdido? ¿Dónde encontrarla? Pero ella sentía tal cansancio en su espíritu que no fue capaz de inventar un pretexto para levantarse de la mesa. Además se había vuelto cobarde; tenía miedo a Carlos; él lo sabía todo, seguramente. En efecto, pronunció estas palabras, de un modo especial:

—Según parece, tardaremos en volver a ver al señor Rodolfo.

—¿Quién te lo ha dicho? —dijo ella sobresaltada.


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