Madame Bovary
Madame Bovary —¿Quién me lo ha dicho? —replicó él, un poco sorprendido por este tono brusco—; Girard, a quien he encontrado hace un momento a la puerta del «Café Francés». Ha salido de viaje o va a salir. Ella dejó escapar un sollozo.
—¿Qué es lo que te extraña? Se ausenta asà de vez en cuando para distraerse, y, ¡a fe mÃa!, yo lo apruebo. ¡Cuando se tiene fortuna y se está soltero!… Por lo demás, nuestro amigo se divierte a sus anchas, es un bromista. El señor Langlois me ha contado…
Él se calló por discreción, pues entraba la criada.
Felicidad volvió a poner en el cesto los albaricoques esparcidos por el aparador; Carlos, sin notar el color rojo de la cara de su mujer, pidió que se los trajeran, tomó uno y lo mordió.
—¡Oh!, ¡perfecto! —exclamó—. Toma, prueba.
Y le tendió la canastilla, que ella rechazó suavemente.
—Huele: ¡qué olor! —dijo él pasándosela delante de la nariz varias veces.
—¡Me ahogo! —exclamó ella levantándose de un salto.
Pero, por un esfuerzo de voluntad, aquel espasmo desapareció; y después.
—¡No es nada! —dijo ella—, ¡no es nada!, ¡son los nervios! ¡Siéntate, come!