Madame Bovary
Madame Bovary Porque ella temía que fuesen a interrogarla, a cuidarla, a no dejarla en paz.
Carlos, por obedecer, se había vuelto a sentar, y echaba en su mano los huesos de los albaricoques que depositaba inmediatamente en su plato.
De pronto, un tilburi azul pasó a trote ligero por la plaza. Emma lanzó un grito y cayó rígida al suelo, de espalda.
En efecto, Rodolfo, después de muchas reflexiones, se había decidido a marcharse para Rouen. Ahora bien, como no hay, desde la Muchette a Buchy, otro camino que el de Yonville, había tenido que atravesar el pueblo, y Emma lo había reconocido a la luz de los faroles, que cortaban el crepúsculo como un relámpago.
El farmacéutico, al oír el barullo que había en casa, salió corriendo hacia ella. La mesa, con todos los platos, se había volcado; salsa, carne, los cuchillos, el salero y la aceitera llenaban la sala; Carlos pedía socorro; Berta, asustada, gritaba; y Felicidad cuyas manos temblaban, desabrochaba a la señora, que tenía convulsiones por todo el cuerpo.
—Voy corriendo —dijo el boticario— a buscar a mi laboratorio un poco de vinagre aromático.
Después, viendo que Emma volvía a abrir los ojos al respirar el frasco, dijo el boticario:
—Estaba seguro; esto resucitaría a un muerto.