Madame Bovary
Madame Bovary —¡Háblanos! —decÃa Carlos—, ¡háblanos! ¡Vuelve en ti! ¡Soy yo, tu Carlos que te quiere! ¿Me reconoces? Mira, aquà tienes a tu hijita: ¡bésala!
La niña tendÃa los brazos hacia su madre para colgarse a su cuello. Pero, volviendo la cabeza, Emma dijo con una voz entrecortada:
—No, no… ¡nadie!
Y volvió a desvanecerse. La llevaron a su cama.
Allà seguÃa tendida, con la boca abierta, los párpados cerrados, las palmas de las manos extendidas, inmóvil, y blanca como una estatua de cera. De sus ojos salÃan dos amagos de lágrimas que corrÃan lentamente hacia la almohada.
Carlos permanecÃa en el fondo de la alcoba, y el farmacéutico, a su lado, guardaba ese silencio meditativo que conviene tener en las ocasiones serias de la vida.
—TranquilÃcese —le dijo dándole con el codo—, creo que el paroxismo ha pasado.
—SÃ, ahora descansa un poco —respondió Carlos, que miraba cómo dormÃa—. ¡Pobre mujer!… ¡Pobre mujer!, ha recaÃdo.
Entonces Homais preguntó cómo habÃa sobrevenido este accidente. Carlos respondió que le habÃa dado de repente, mientras comÃa unos albaricoques.