Madame Bovary
Madame Bovary El invierno fue rudo. La convalecencia de la señora fue larga. Cuando hacía bueno, la llevaban en su sillón al lado de la ventana, la que daba a la plaza, pues seguía manteniendo su rechazo a la huerta, y la persiana de este lado estaba constantemente cerrada. Ella quería que vendiesen el caballo; lo que antes amaba ahora le desagradaba. Todas sus ideas parecían limitarse al cuidado de sí misma. Permanecía en cama tomando pequeñas colaciones, llamaba a su criada para preguntarle por las tisanas o para charlar con ella. Entre tanto la nieve caída sobre el tejado del mercado proyectaba en la habitación un reflejo blanco, inmóvil; luego vinieron las lluvias. Y Emma esperaba todos los días, con una especie de ansiedad, la infalible repetición de acontecimientos mínimos que, sin embargo, apenas le importaban. El más destacado era, por la noche, la llegada de «La Golondrina». Entonces la hostelera gritaba y otras voces le respondían, mientras que el farol de mano de Hipólito, que buscaba baúles en la baca, hacía de estrella en la oscuridad. A mediodía, regresaba Carlos. Después salía; luego ella tomaba un caldo, y, hacia las cinco, a la caída de la tarde, los niños que volvían de clase, arrastrando sus zuecos por la acera, golpeaban todos con sus reglas la aldaba de los postigos, unos detrás de otros.