Madame Bovary

Madame Bovary

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Entonces, se entregó a caridades excesivas. Cosía trajes para los pobres; enviaba leña a las mujeres de parto; y Carlos, un día al volver a casa, encontró en la cocina a tres golfillos sentados a la mesa tomándose una sopa. Mandó que le trajeran a casa a su hijita, a la que su marido, durante su enfermedad, había enviado de nuevo a casa de la nodriza. Quiso enseñarle a leer; por más que Berta lloraba, ella no se irritaba. Había adoptado una actitud de resignación, una indulgencia universal. Su lenguaje, a propósito de todo, estaba lleno de expresiones ideales. Le decía a su niña:

—¿Se te ha pasado el cólico, ángel mío?

La señora Bovary madre no encontraba nada que censurar, salvo quizás aquella manía de calcetar prendas para los huérfanos en vez de remendar sus trapos. Pero abrumada por las querellas domésticas, la buena mujer se encontraba a gusto en aquella casa tranquila, a incluso se quedó allí hasta después de Pascua, a fin de evitar los sarcasmos de Bovary padre, que no dejaba nunca de encargar un embutido el día de Viernes Santo.




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