Madame Bovary
Madame Bovary Además de la compañía de su suegra, que la fortalecía un poco por su rectitud de juicio y sus maneras graves, Emma tenía casi todos los días otras compañías. Eran la señora Langlois, la señora Caron, la señora Dubreuil, la señora Tuvache y, regularmente, de dos a cinco, a la excelente señora Homais, que nunca había querido creer en ninguno de los chismes que contaban de su vecina.
También iban a verla los pequeños Homais; los acompañaba Justino. Subía con ellos a la habitación y permanecía de pie cerca de la puerta, inmóvil, sin hablar. A menudo, incluso, Madame Bovary, sin preocuparse de su presencia, empezaba a arreglarse. Comenzaba por quitarse su peineta sacudiendo la cabeza con un movimiento brusco; cuando Justino vio por primera vez aquella cabellera suelta, que le llegaba hasta las corvas, desplegando sus negros rizos, fue para él, pobre infeliz, como la entrada súbita en algo extraordinario y nuevo cuyo esplendor le asustó.