Madame Bovary
Madame Bovary Emma, sin duda, no se daba cuenta de aquellas complacencias silenciosas ni de sus timideces. No sospechaba que el amor, desaparecido de su vida, palpitaba allí, cerca de ella, bajo aquella camisa de tela burda, en aquel corazón de adolescente abierto a las emanaciones de su belleza. Por lo demás, ahora rodeaba todo de tal indiferencia, tenía palabras tan afectuosas y miradas tan altivas, modales tan diversos, que ya no se distinguía el egoísmo de la caridad, ni la corrupción de la virtud. Una tarde, por ejemplo, se irritó con su criada, que deseaba salir y balbuceaba buscando un pretexto:
—¿Tú le quieres? —le dijo.
Y sin esperar la respuesta de Felicidad, que se ponía colorada, añadió con un tono triste:
—¡Vamos, corre!, ¡diviértete!