Madame Bovary
Madame Bovary —¿Por qué —preguntó el boticario— excomulga a los comediantes?, pues antaño participaban abiertamente en las ceremonias del culto. SÃ, representaban en medio del coro una especie de farsas llamadas misterios, en las cuales las leyes de la decencia se veÃan a menudo vulneradas.
El eclesiástico se limitó a dejar escapar una lamentación y el farmacéutico prosiguió:
—Es como en la Biblia; ¡hay…, sabe usted…, más de un detalle… picante, cosas… verdaderamente… atrevidas!
Y a un gesto de irritación que hacÃa el señor Bournisien:
—¡Ah!, usted convendrá conmigo que no es un libro para poner entre las manos de un joven, y me disgustarÃa, que AtalÃa…
—¡Pero son los protestantes y no nosotros —exclamó el otro desazonado— quienes recomiendan la Biblia!
—¡No importa! —dijo Homais—, me extraña que, en nuestros dÃas, en un siglo de luces, se obstinen todavÃa en proscribir un solaz intelectual que es inofensivo, moralizante a incluso higiénico a veces, ¿verdad, doctor?
—Sin duda —respondió el médico en tono indolente—, ya porque, pensando lo mismo, no quisiera ofender a nadie, o bien porque no pensara nada.