Madame Bovary
Madame Bovary Una mañana el tÃo Rouault fue a pagar a Carlos los honorarios por el arreglo de su pierna: setenta y cinco francos en monedas de cuarenta sueldos[9], y un pavo. Se habÃa enterado de la desgracia y le consoló como pudo.
—Ya sé lo que es eso —decÃa, dándole palmaditas en el hombro—, yo también he pasado por ese trance. Cuando perdà a mi pobre difunta, me iba por los campos para estar solo, caÃa al pie de un árbol, lloraba, invocaba a Dios, le decÃa tonterÃas; hubiera querido estar como los topos[10], que veÃa colgados de las ramas con el vientre corroÃdo por los gusanos, muerto, en una palabra. Y cuando pensaba que otros en aquel momento estaban estrechando a sus buenas mujercitas, golpeaba fuertemente con mi bastón, estaba como loco, ya no comÃa; la sola idea de ir al café puede creerme, me asqueaba. Pues bien, muy suavemente, un dÃa tras otro, primavera tras invierno y otoño tras verano, aquello se fue pasando brizna a brizna, migaja a migaja; aquello se fue, desapareció, bajó, es un decir, pues siempre queda algo en el fondo, como quien dice… un peso aquÃ, en el pecho.
