Madame Bovary
Madame Bovary El nuevo atractivo de la independencia pronto le hizo la soledad más soportable. Ahora podía cambiar las horas de sus comidas, entrar y salir sin dar explicaciones, y, cuando estaba muy cansado, extender brazos y piernas a todo lo ancho de su cama. Así que se cuidó, se dio buena vida y aceptó los consuelos que le daban. Por otra parte, la muerte de su mujer no le había perjudicado en su profesión, pues durante un mes se estuvo hablando de él: «¡Este pobre joven!, ¡qué desgracia!». Su nombre se había extendido, su clientela se había acrecentado; y además iba a Les Bertaux con toda libertad. Tenía una esperanza indefinida, una felicidad vaga; se encontraba la cara más agradable cuando se cepillaba sus patillas delante del espejo.
Un día llegó hacia las tres; todo el mundo estaba en el campo; entró en la cocina, pero al principio no vio a Emma; los postigos estaban cerrados. Por las rendijas de la madera, el sol proyectaba sobre las baldosas grandes rayas delgadas que se quebraban en las aristas de los muebles y temblaban en el techo. Sobre la mesa, algunas moscas trepaban por los vasos sucios y zumbaban, ahogándose, en la sidra que había quedado en el fondo. La luz que bajaba por la chimenea aterciopelando el hollín de la plancha coloreaba de un suave tono azulado las cenizas frías. Entre la ventana y el fogón estaba Emma cosiendo; no llevaba pañoleta y sobre sus hombros descubiertos se veían gotitas de sudor.