Madame Bovary

Madame Bovary

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Pero como es el destino de todos, no hay que dejarse decaer y, porque otros hayan muerto, querer morir… Hay que reanimarse, señor Bovary; ¡eso le pasará! Venga a vernos; mi hija piensa en usted de vez en cuando, ya lo sabe usted…, y ella dice, ya lo sabe también, que usted la olvida. Pronto llegará la primavera; iremos a tirar a los conejos para que se distraiga un poco.

Carlos siguió su consejo. Volvió a Les Bertaux, encontró todo como el día anterior, es decir, como hacía cinco meses. Los perales estaban ya en flor, y el buen señor Rouault, ya curado, iba y venía, lo cual daba más vida a la granja. Creyéndose en el deber de prodigar al médico las mayores cortesías posibles por su luto reciente, le rogó que no se descubriera, le habló en voz baja, como si hubiera estado enfermo, e incluso aparentó enfadarse porque no se había preparado para él algo más ligero que para los demás, como unos tarritos de nata o unas peras cocidas. Contó chistes. Carlos hasta llegó a reír; pero al recordar de pronto a su mujer se entristeció. Sirvieron el café; y ya no volvió a pensar en ella. Recordó menos, a medida que se iba acostumbrando a vivir solo.




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