Madame Bovary

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El boticario llamaba así a una especie de gabinete, en el desván, lleno de utensilios y mercancías de su profesión. Con frecuencia pasaba allí largas horas, solo, poniendo etiquetas, empaquetando, y lo consideraba no como simple almacén, sino como un verdadero santuario, de donde salían después, elaboradas por sus manos, toda clase de píldoras, bolos, tisanas, lociones y pociones, que iban a extender su celebridad por los alrededores. Nadie en el mundo ponía allí los pies; y él lo respetaba tanto, que lo barría él mismo. En fin, si la farmacia abierta al primero que llegaba, era el lugar donde mostraba su orgullo, la leonera era el refugio en donde, concentrándose egoístamente, Homais se recreaba en el ejercicio de sus predilecciones; por eso el atolondramiento de Justino le parecía una monstruosa irreverencia, y más rubicundo que las grosellas, repetía:

—Sí, de la leonera. ¡La llave que encierra los ácidos y los álcalis cáusticos! ¡Haber ido a coger un barreño de reserva!, ¡un barreño con tapa! y que quizá no usaré ya nunca más. Todo tiene su importancia en las delicadas operaciones de nuestro arte. Pero ¡demonios!, ¡hay que hacer distinciones y no emplear para usos casi domésticos lo que está destinado para los farmacéuticos! Es como si se trinchase un capón con un escalpelo, como si un magistrado…

—¡Pero cálmate! —decía la señora Homais.

Y Atalía, tirándole de la levita:


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