Madame Bovary
Madame Bovary —¡Papá!, ¡papá! —repetÃa.
—¡No, dejadme! —repetÃa el boticario—, ¡dejadme!, ¡caramba! Es como si esto fuera abrir una tienda de comestibles, ¡palabra de honor! ¡Anda!, ¡no respetes nada!, ¡rompe, haz añicos!, ¡suelta las sanguijuelas!, ¡quema el malvavisco!, ¡escabecha pepinillos en los tarros!, ¡rompe vendas!
—Pero usted tenÃa… —dijo Emma.
—Perdone un momento. ¿Sabes a qué te exponÃas? ¿No has visto nada, en el rincón, a la izquierda, en el tercer estante? ¡habla, contesta, di algo!
—Yo no… sé —balbució el chico.
—¡Ah!, ¡no sabes! ¡Pues bien, yo sà que lo sé! Has visto una botella de cristal azul, lacrada, con cera amarilla, que contiene un polvo blanco, sobre el cual yo habÃa escrito ¡PELIGROSO! ¿y sabes lo que habÃa dentro?, ¡arsénico!, ¡y tú vas a tocar esto!, ¡a tomar un barreño que estaba al lado!
—¡Al lado! —exclamó la señora Homais juntando las manos—. ¡Arsénico! ¡PodÃas envenenarnos a todos!
Y los niños comenzaron a gritar, como si hubiesen ya sentido en sus entrañas atroces dolores.