Madame Bovary
Madame Bovary Pero, cuando se marchó la suegra, Emma no tardó en asombrar a su marido por su buen sentido práctico. HabrÃa que informarse, comprobar las hipotecas, ver si habÃa lugar a una subasta o a una liquidación. Citaba términos técnicos, al azar, pronunciaba las grandes palabras de orden, porvenir, previsión, y continuamente exageraba los problemas de la sucesión; de tal modo que un dÃa le mostró el modelo de una autorización general para «regir y administrar sus negocios, hacer préstamos, firmar y endosar todos los pagarés, pagar toda clase de cuentas, etc»..
HabÃa aprovechado las lecciones de Lheureux.
Carlos, ingenuamente, le preguntó de dónde venÃa aquel papel.
—Del señor Guillaumin.
Y con la mayor sangre frÃa del mundo, añadió:
—No me fÃo demasiado. ¡Los notarios tienen tan mala fama! Quizás habrÃa que consultar… No conocemos más que…, ¡oh!, nadie.
—A no ser que León… —replicó Carlos, que reflexionaba.
Pero era difÃcil entenderse por correspondencia. Entonces Emma se ofreció a hacer aquel viaje. Carlos se lo agradeció. Ella insistió. Fue un forcejeo de amabilidades mutuas. Por fin, ella exclamó en un tono de enfado ficticio:
—No, por favor, yo iré.