Madame Bovary

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Emma no comprendía. Él se calló. Después, pasando a su negocio, Lheureux declaró que la señora no podía dejar de comprarle algo. Le enviaría un barège[59] negro, doce metros, para hacerse un vestido.

—El que lleva usted ahora está bien para andar por casa. Necesita otro para las visitas. Lo he observado a primera vista al entrar. Tengo mucha vista.

No envió la tela, la llevó él mismo. Después volvió para ver la que necesitaba; regresó con otros pretextos tratando cada vez de hacerse amable, servicial, enfeudándose, como habría dicho Homais, y siempre insinuando algunos consejos a Emma sobre el poder. No hablaba del pagaré. Emma no pensaba en eso. Carlos, al principio de su convalecencia, le había dicho algo; pero tantas cosas le habían pasado por la cabeza que ella ya no se acordaba. Además, evitó provocar toda discusión de intereses; la señora Bovary madre quedó sorprendida, y atribuyó su cambio de humor a los sentimientos religiosos que se le habían despertado durante su enfermedad.





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