Madame Bovary
Madame Bovary —¡Ea, se acabó!, tendrÃa que tomar unas lecciones; pero…
Se mordió los labios y añadió:
—Veinte francos por lección es demasiado caro.
—SÃ, en efecto…, un poco… —dijo Carlos con una risita boba—. Sin embargo, creo que quizás se conseguirÃa por menos, pues hay artistas desconocidos que muchas veces valen más que celebridades.
—Búscalos —dijo Emma.
Al dÃa siguiente, al regresar a casa, la contempló con una mirada pÃcara, y por fin no pudo dejar de escapar esta frase:
—¡Qué tozuda eres a veces! Hoy he estado en Barfeuchères. Bueno, pues la señora Liégeard me ha asegurado que sus tres hijas, que están en la Misericordia, tomaban lecciones por cincuenta sueldos la sesión, y, además, ¡de una famosa profesora!
Emma se encogió de hombros y no volvió a abrir su instrumento. Pero cuando pasaba cerca de él, si Bovary estaba allÃ, suspiraba:
—¡Ah!, ¡pobre piano mÃo!
Y cuando iban a verla no dejaba de explicar que habÃa abandonado la música y que ahora no podÃa ponerse de nuevo a ella por razones de fuerza mayor. Entonces la compadecÃan. ¡Qué lástima!, ¡ella que tenÃa tan buenas disposiciones! Incluso se lo decÃan a Bovary. Se lo echaban en cara, y sobre todo el farmacéutico.