Madame Bovary

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Y así compró para su habitación un par de cortinas amarillas de rayas anchas que el señor Lheureux le había ofrecido baratas; pensó en una alfombra, y Lheureux, diciendo que «aquello no era pedir la luna», se comprometió amablemente a proporcionarle una. Emma no podía prescindir de sus servicios. Mandaba a buscarle veinte veces al día, y él se presentaba en el acto con sus artículos sin rechistar una palabra. No acertaba a comprender por qué la tía Rolet almorzaba todos los días en casa de Emma, a incluso le hacía visitas particulares.

Fue por aquella época, es decir hacia comienzos del invierno, cuando le entró una gran fiebre musical.

Una noche que Carlos la escuchaba volvió a empezar cuatro veces seguidas el mismo trozo, dejándolo siempre con despecho, insatisfecha, mientras que Carlos, sin notar la diferencia, exclamaba:

—¡Bravo!…, ¡muy bien!… ¿Por qué te incomodas? ¡Adelante!

—¡Pues no! ¡Me sale muy mal!, tengo los dedos entumecidos.

Al día siguiente Carlos le pidió que le volviera a tocar algo.

—¡Vaya, para darte gusto!

Y Carlos confesó que había perdido un poco. Se equivocaba de pentagrama, se embarullaba; después, parando en seco:


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