Madame Bovary
Madame Bovary Carlos, en casa, la esperaba; «La Golondrina» siempre llegaba tarde los jueves. Por fin, llegaba la señora y apenas besaba a la niña. La cena no estaba preparada, pero no importaba, ella disculpaba a la cocinera. Ahora parecÃa que todo le estaba permitido a aquella chica.
A menudo, su marido, viéndola tan pálida, le preguntaba si no se encontraba mal.
—No —decÃa Emma.
—Pero —replicaba él— estás muy rara esta noche.
—¡Bah!, no es nada, no es nada.
HabÃa incluso dÃas en que, apenas llegaba a casa, subÃa a su habitación; y Justino, que se encontraba allÃ, circulaba silenciosamente, esmerándose en servirla más que una excelente doncella. Colocaba las cerillas, la palmatoria, un libro, disponÃa su camisón, abrÃa las sábanas.
—Vamos —decÃa ella—, está bien, ¡vete!
Pero él se quedaba de pie, con las manos colgando y los ojos abiertos como prendido entre los hilos innumerables de un súbito ensueño.