Madame Bovary
Madame Bovary Con frecuencia estaban en marcha cuando su sombrero, con un movimiento brusco, entraba en la diligencia por la ventanilla, mientras él se agarraba con el otro brazo sobre el estribo entre las salpicaduras de las ruedas. Su voz, al principio débil como un vagido, se volvía aguda. Se arrastraba en la noche, como el confuso lamento de una indefinida angustia; y, a través del tintineo de los cascabeles, del murmullo de los árboles y del zumbido de la caja hueca, tenía algo de lejano que trastornaba a Emma. Aquello le llegaba al fondo del alma como un torbellino que se precipita en el abismo y la arrastraba por los espacios de una melancolía sin límites. Pero Hivert, que se daba cuenta de un contrapeso, largaba grandes latigazos a ciegas. La tralla le pegaba en las llagas y él caía en el fango dando un gran alarido.
Después, los viajeros de «La Golondrina» acababan por dormirse, unos con la boca abierta, otros con la barbilla sobre el pecho, apoyándose en el hombro de su vecino, o bien con el brazo pasado sobre la correa, meciéndose al compás del bamboleo del coche; y el reflejo de la linterna que se balanceaba fuera, sobre la grupa de los caballos de tiro, penetrando en el interior por las cortinas de percal color chocolate, ponía sombras sanguinolentas sobre todos aquellos individuos inmóviles. Emma, transida de tristeza, tiritaba bajo sus vestidos, y sentía cada vez más frío en los pies, con la muerte en el alma.