Madame Bovary

Madame Bovary

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Había en la cuesta un pobre diablo que vagabundeaba con su bastón por en medio de las diligencias. Un montón de harapos cubría sus hombros y un viejo sombrero desfondado que se había redondeado como una palangana le tapaba la cara; pero cuando se lo quitaba descubría, en lugar de párpados, dos órbitas abiertas todas ensangrentadas. La carne se deshilachaba en jirones rojos, y de allí corrían líquidos que se coagulaban en costras verdes hasta la nariz cuyas aletas negras sorbían convulsivamente. Para hablar echaba hacia atrás la cabeza con una risa idiota; entonces sus pupilas azuladas, girando con un movimiento continuo, iban a estrellarse hacia las sienes, al borde de la llaga viva.

Cantaba una pequeña canción siguiendo los coches:

Souvent la chaleur d'un beau jour

Fait rêver fillette á l'amour.

Y en todo lo que seguía se hablaba de pájaros, sol y follaje.

A veces, aparecía de pronto detrás de Emma, con la cabeza descubierta. Ella se apartaba con un grito. Hivert venía a hacerle bromas. Le decía que debía poner una barraca en la feria de San Román, o bien le preguntaba en tono de broma por su amiguita.


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