Madame Bovary
Madame Bovary Hacía calor en aquella pequeña peluquería demasiado baja, donde la estufa zumbaba en medio de las pelucas y de las pomadas. El olor de las tenacillas, con aquellas manos grasientas que le tocaban la cabeza, no tardaba en dejarla sin sentido y se quedaba un poco dormida bajo el peinador. A veces el chico, mientras la peinaba, le ofrecía entradas para el baile de disfraces.
Después se marchaba. Subía de nuevo las calles, llegaba a la «Croix Rouge»; recogía sus zuecos que había escondido por la mañana debajo de un banco y se acomodaba en su sitio entre los viajeros impacientes. Algunos se apeaban al pie de la cuesta. Ella se quedaba sola en la diligencia.
A cada vuelta se veían cada vez mejor todas las luces de la ciudad que formaban un amplio vapor luminoso por encima de bas casas amontonadas. Emma se ponía de rodillas sobre los cojines y se le perdía la mirada en aquel deslumbramiento. Sollozaba, llamaba a León, y le enviaba palabras tiernas y besos que se perdían en el viento.