Madame Bovary
Madame Bovary —¡Oh!, ¡no te muevas!, ¡no hables!, ¡mÃrame! ¡De tus ojos sale algo tan dulce, que me hace tanto bien!
Le llamaba niño:
—Niño, ¿me quieres?
Y apenas oÃa su respuesta, en la precipitación con que aquellos labios subÃan para dársela en la boca.
HabÃa encima del reloj de péndulo un pequeño Cupido de bronce que hacÃa melindres redondeando los brazos bajo una guirnalda dorada. Muchas veces se rieron de él, pero cuando habÃa que separarse todo les parecÃa serio.
Inmóviles el uno frente al otro, se repetÃan:
—¡Hasta el jueves!…, ¡hasta el jueves!
De pronto ella le cogÃa la cabeza entre las dos manos, le besaba rápido en la frente, exclamando: «¡Adiós!», y se precipitaba por la escalera.
Iba a la calle de la Comedia, a una peluquerÃa, a arreglarse sus bandós. Llegaba la noche; encendÃan el gas en la tienda.
OÃa la campanilla del teatro que llamaba a los cómicos a la representación, y veÃa, enfrente, pasar hombres con la cara blanca y mujeres con vestidos ajados que entraban por la puerta de los bastidores.