Madame Bovary

Madame Bovary

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—Era capitán de barco, querido.

¿No era esto prevenir toda averiguación y, al mismo tiempo, situarse muy alto, por esta pretendida fascinación ejercida sobre un hombre que debía ser de naturaleza belicosa y acostumbrado a hacerse obedecer?

El pasante sintió entonces lo ínfimo de su posición; tuvo envidia de las charreteras, de las cruces, de los títulos. Todo esto debía de gustarle a ella, él lo sospechaba por su modo de gastar.

Sin embargo, Emma callaba una multitud de extravagancias, tales como el deseo de tener, para llevarla a Rouen, un tílburi azul, tirado por un caballo inglés, y conducido por un cochero, calzado de botas con vueltas. Era Justino quien le había inspirado ese capricho, suplicándole que lo tomase en su casa como criado; y si esta privación no atenuaba en cada cita el placer de la llegada, aumentaba ciertamente la amargura del regreso.

A menudo, cuando hablaban juntos de París, ella terminaba murmurando:

—¡Ah!, ¡qué bien viviríamos allí!

—¿No somos felices? —replicaba dulcemente el joven pasándole la mano por sus bandós.

—Sí, es cierto —decía ella—, estoy loca; ¡bésame!


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