Madame Bovary
Madame Bovary Estaba con su marido más encantadora que nunca, le hacÃa natillas de pistache y tocaba valses después de cenar. Asà que él se sentÃa entonces el más afortunado de los mortales, y Emma vivÃa sin preocupación, cuando una noche, de pronto:
—¿Es la señorita Lempereur, verdad, quien te da lecciones?
—SÃ.
—Bueno, la he visto hace poco, en casa de la señora Liégeard. Le hable de ti; no te conoce.
Fue como un rayo. Sin embargo, ella replicó con naturalidad:
—¡Ah!, ¿sin duda, habÃa olvidado mi nombre?
—¿Pero quizás hay en Rouen —dijo el médico— varias señoritas Lempereur que son profesoras de piano?
—¡Es posible!
Después, vivamente:
—Sin embargo, tengo sus recibos, ¡toma, mira!
Y se fue al secreter, buscó en todos los cajones, confundió los papeles y acabó perdiendo la cabeza de tal modo que Carlos la animó a que no se preocupase tanto por aquellos miserables recibos.
—¡Oh!, los encontraré —dijo ella.