Madame Bovary
Madame Bovary En efecto, el viernes siguiente, Carlos, al poner una de sus botas en el cuarto oscuro donde guardaba su ropa, notó una hoja de papel entre el cuero y su calcetÃn, la cogió y leyó:
«Recibido, por tres meses de clase y material diverso, la cantidad de sesenta y cinco francos. FÉLICIE LEMPEREUR, profesora de música».
—¿Cómo diablos está esto en mis botas?
—Sin duda —respondió ella, se habrá caÃdo de la vieja caja de las facturas que está a la orilla de la tabla.
A partir de este momento, su existencia no fue más que una sarta de mentiras en las que envolvÃa su amor como en velos para ocultarlo.
Era una necesidad, una manÃa, un placer, hasta tal punto que, si decÃa que ayer habÃa pasado por el lado derecho de una calle, habÃa que creer que habÃa sido por el lado izquierdo.