Madame Bovary
Madame Bovary —¿No podÃan pasar sin una alfombra?, ¿por qué tapizar de nuevo los sillones? En mis tiempos, en cada casa habÃa un solo sillón, para las personas mayores, al menos asà era en casa de mi madre, que era una mujer honrada, os lo aseguro. ¡No todo el mundo puede ser rico! ¡Ninguna fortuna resiste el despilfarro! ¡Yo me avergonzarÃa de llevar una vida tan regalada como la vuestra! y, sin embargo, yo soy vieja, necesito cuidados… ¡Hay que ver!, ¡hay que ver!, ¡cuántos perifollos!, ¡cuánta ostentación! ¡Pero cómo!, seda para forros, a dos francos… cuando se encuentra chaconada[63] a diez sueldos y hasta a ocho sueldos que cumple perfectamente su cometido.
Emma, arrellanada en el canapé, replicaba lo más tranquila posible:
—¡Eh!, señora, ¡ya está bien!, ¡ya está bien!
La señora seguÃa sermoneándola, prediciéndoles que terminarÃan en el asilo. Además, la culpa era de Bovary. Menos mal que habÃa prometido anular aquel poder.
—¿Cómo?
—¡Ah!, me lo ha jurado —replicó la buena señora.
Emma abrió la ventana, llamó a Carlos y el pobre muchacho se vio obligado a confesar la palabra que le habÃa arrancado su madre.