Madame Bovary
Madame Bovary Siempre con las manos en los bolsillos, no escatimaba gasto para darse buena vida, pues quería comer bien, estar bien calentito y dormir en buena cama. Le gustaba la sidra fuerte, las piernas de cordero poco pasadas, y los «glorias»[11] bien batidos. Comía en la cocina, solo, delante del fuego, en una mesita que le llevaban ya servida, como en el teatro. Así que viendo que Carlos se ponía colorado cuando estaba junto a su hija, lo cual significaba que uno de aquellos días la pediría en matrimonio, fue rumiando por anticipado todo el asunto. Lo encontraba un poco alfeñique, y no era el yerno que habría deseado; pero tenía fama de buena conducta, económico instruido, y, sin duda, no regatearía mucho por la dote. Ahora bien como el tío Rouault iba a tener que vender veintidós acres[12] de su hacienda, pues debía mucho al albañil, mucho al guarnicionero, y había que cambiar el árbol del lagar, se dijo: Si me la pide, se la doy. Por San Miguel, Carlos fue a pasar tres días a Les Bertaux.
El último día transcurrió como los anteriores, aplazando su declaración de cuarto en cuarto de hora. El tío Rouault lo acompañó un trecho; iban por un camino hondo, estaban a punto de despedirse; era el momento.
Carlos se señaló como límite el recodo del seto, y por fin, cuando lo sobrepasó, murmuró: Señor Rouault, quisiera decirle una cosa. Se pararon. Carlos callaba.