Madame Bovary

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—Pero ¡cuénteme su historia!, ¿se cree que no estoy ya enterado de todo? —dijo el tío Rouault, riendo suavemente.

—Tío Rouault…, tío Rouault… —balbució Carlos.

—Yo no deseo otra cosa —continuó el granjero—. Aunque sin duda la niña piensa como yo, habrá que pedirle su parecer. Bueno, váyase; yo me vuelvo a casa. Si es que sí, óigame bien, no hace falta que vuelva, por la gente, y, además, a ella le impresionaría demasiado. Pero, para que usted no se consuma de impaciencia, abriré de par en par el postigo de la ventana contra la pared: usted podrá verlo mirando atrás, encaramándose sobre el seto. —Y se alejó.

Carlos ató su caballo a un árbol. Corrió a apostarse en el sendero; esperó.

Pasó media hora, después contó diecinueve minutos por su reloj. De pronto se produjo un ruido contra la pared; se había abierto el postigo, la aldabilla temblaba todavía. Al día siguiente, a las nueve, estaba en la granja. Emma se puso colorada cuando entró, pero, se sostuvo, se esforzó por sonreír un poco. El tío Rouault abrazó a su futuro yerno. Se pusieron a hablar de las cuestiones de intereses; por otra parte, tenían tiempo por delante, puesto que no estaba bien que se celebrase la boda hasta que terminase el luto de Carlos; es decir, hacia la primavera del año siguiente.


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