Madame Bovary

Madame Bovary

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—En casa de Madame Bovary, ¿no cortejaba usted…?

—¿A quién?

—¡A la criada!

No bromeaba; pero pudiendo más la vanidad que la prudencia, León protestó a pesar de todo. Además, sólo le gustaban las morenas.

—Le alabo el gusto —dijo el farmacéutico—; tienen más temperamento.

Y acercándose al oído de su amigo, le indicó los síntomas por los que se conocía que una mujer tenía temperamento. Incluso se lanzó a una digresión etnográfica: la alemana era vaporosa, la francesa libertina, la italiana apasionada.

—¿Y las negras? —preguntó el pasante.

—Eso es un gusto de artista —dijo Homais. ¡Mozo!, dos medias tazas.

—¿Nos vamos? —dijo, por fin, León impacientándose.

—Yes.

Pero antes de irse quiso ver al dueño del establecimiento y felicitarle. Entonces el joven, para quedarse solo, alegó que tenía trabajo.

—¡Ah!, ¡le acompaño! —dijo Homais.


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