Madame Bovary

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A las dos, pasante y boticario seguían sentados a la mesa el uno frente al otro. La gran sala se iba quedando vacía; el tubo de la estufa, en forma de palmera, contorneaba en el techo blanco su haz dorado; y cerca de ellos, detrás de la cristalera, a pleno sol, un pequeño surtidor gorgoteaba en una pileta de mármol donde entre berros y espárragos, tres bogavantes aletargados se alargaban hasta un montón de codornices apiladas en el borde del estanque.

Homais se deleitaba. Aunque se embriagase de lujo más que de buena comida, el vino de Pomard, sin embargo, le excitaba un poco las facultades, y cuando apareció la tortilla al ron expuso teorías inmorales sobre las mujeres. Lo que le seducía, por encima de todo, era el chic. Adoraba un atuendo elegante en una casa bien amueblada, y en cuanto a las cualidades físicas no despreciaba el «buen bocado».

León miraba el reloj con desesperación. El boticario bebía, comía, hablaba.

—Usted debe de encontrarse muy independiente en Rouen —le dijo de pronto—. Por lo demás, sus amores no están muy lejos.

Y como el otro se sonrojaba:

—¡Vamos, sea franco! ¿No me negará que en Yonville…?

El joven balbució.


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