Madame Bovary

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¿Qué hacer?… Tenía un plazo de veinticuatro horas: ¡mañana! Lheureux, pensó, quería sin duda darle otro susto; pues ella adivinó de pronto todas sus maniobras, el objetivo que buscaba con sus complacencias. Lo que la tranquilizaba era la exageración misma de la cantidad.

Sin embargo, a fuerza de comprar, de no pagar, de pedir prestado, de firmar pagarés, de renovar aquellos pagarés, que se inflaban a cada nuevo vencimiento, Emma había terminado proporcionando al tal Lheureux un capital, que él esperaba impacientemente para sus especulaciones.

Se presentó en casa del tendero con aire desenvuelto.

—¿Sabe lo que me pasa? ¡Seguramente que es una broma!

—No.

—¿Cómo es eso?

—Él se volvió lentamente, y le dijo cruzándose los brazos:

—¿Pensaba usted, señora mía, que yo iba, hasta la consumación de los siglos, a ser su proveedor y banquero? ¡Por el amor de Dios! Tengo que recuperar lo que he desembolsado, ¡seamos justos!

Ella protestó de la cuantía de la deuda.


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