Madame Bovary
Madame Bovary Salió, atravesó el bulevar, la plaza Cauchoise y el suburbio, hasta una calle descubierta que dominaba unos jardines. Caminaba deprisa, el aire libre la calmaba; y poco a poco las caras de la muchedumbre, las caretas, las contradanzas, las lámparas, la cena, aquellas mujeres, todo desaparecía como brumas arrebatadas por el viento. Después, volviendo a la «Croix Rouge», se echó en su cama, en la pequeña habitación del segundo, donde colgaban las estampas de la Tour de Nesle. A las cuatro de la tarde la despertó Hivert.
Al entrar en su casa, Felicidad le enseñó detrás del reloj un papel gris. Emma leyó:
«En virtud de traslado, en forma ejecutoria de una… sentencia…»
¿Qué sentencia? En efecto, la víspera, habían traído otro papel que ella no conocía; por eso quedó estupefacta ante estas palabras:
«Requiriendo en nombre del rey, la ley y la justicia, a Madame Bovary…»
Entonces, saltando varias líneas, vio:
«En un plazo máximo de» —¿cómo, pues?, ¿así? «Pagar la suma total de ocho mil francos». E incluso más abajo, se leía:
«Será apremiada por toda vía de derecho, y especialmente por el embargo por vía ejecutiva de sus muebles y efectos».