Madame Bovary

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Los otros se pusieron a comer. Emma no comió; le ardía la frente, le picaban los párpados y sentía un frío glacial en la piel. Dentro de su cabeza seguía retumbando el suelo del baile, bajo las pisadas rítmicas de los mil pies que bailaban. Después, el olor del ponche con el humo de los cigarros la mareó. Se desmayó; la llevaron junto a la ventana.

Comenzaba a apuntar el día, y una gran mancha de color púrpura se ensanchaba en el cielo pálido por la parte de Santa Catalina. El río, lívido, se agitaba con el viento; no había nadie en los puentes; las farolas se apagaban.

Emma se reanimó entretanto, y llegó a pensar en Berta, que dormía allá, en la habitación de su criada. Pero pasó una carreta llena de largas cintas de hierro, haciendo contra la pared de las casas una vibración metálica ensordecedora.

Emma se esquivó bruscamente, se desprendió de su traje, dijo a León que tenía que volver a casa, y por fin quedó sola en el «Hôtel de Boulogne». Todo, incluso ella misma, le era insoportable. Habría querido, escapándose como un pájaro, ir a rejuvenecerse a algún lugar, muy lejos, en los espacios inmaculados.


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