Madame Bovary
Madame Bovary Emma se desplomó más abatida que si hubiese recibido un mazazo. Él se paseaba desde la ventana a la mesa, sin dejar de repetir:
—¡Ah!, ya lo creo que lo enseñaré… sà que se lo enseñaré…
Después se acercó a ella, y con voz suave:
—No es divertido, lo sé; después de todo nadie se ha muerto por esto, y como es el único medio que le queda de devolverme mi dinero…
—¿Pero dónde encontrarlo? —dijo Emma retorciéndose los brazos.
—¡Ah, bah!, ¡cuando, como usted, se tienen amigos!
Y la miraba de una manera tan penetrante y tan terrible que ella tembló hasta las entrañas.
—Se lo prometo —dijo ella, firmaré…
—¡Ya estoy harto de sus firmas!
—¡Volveré a vender…!
—¡Vamos! —dijo él encogiéndose de hombros—, ya no le queda nada.
Y llamó por la mirilla que daba a la tienda.
—¡Anita!, no olvides los tres cupones del número 14.
Apareció la sirvienta; Emma comprendió, y preguntó cuánto dinero necesitarÃa para detener todas las diligencias.
—¡Es demasiado tarde!