Madame Bovary
Madame Bovary Rodolfo la sentó sobre sus rodillas y acarició con el revés de su mano sus bandós lisos, en los que a la claridad del crepúsculo se reflejaba como una flecha de oro un último rayo de sol. Emma inclinaba la frente; él terminó besándola en los párpados, muy suavemente, con la punta de los labios.
—¡Pero tú has llorado! —le dijo. ¿Por qué?
Ella rompió en sollozos, Rodolfo creyó que era la explosión de su amor; como ella se callaba, él interpretó este silencio como un último pudor y entonces exclamó:
—¡Ah!, ¡perdóname!, tú eres la única que me gusta. ¡He sido un imbécil y un malvado! ¡Te quiero, te querré siempre! ¿Qué tienes? ¡dÃmelo! Y se arrodilló.
—¡Pues estoy arruinada, Rodolfo! ¡Vas a prestarme mil francos!
—Pero… pero… —dijo levantándose poco a poco, mientras que su cara tomaba una expresión grave.
—Tú sabes —continuó ella inmediatamente— que mi marido habÃa colocado toda su fortuna en casa de un notario, y el notario se ha escapado. Hemos pedido prestado; los clientes no pagaban. Por lo demás, la liquidación no ha terminado; tendremos dinero más adelante. Pero hoy, por falta de tres mil francos, nos van a embargar. Es hoy, ahora mismo y, contando con tu amistad, he venido.