Madame Bovary

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«¡Ah! —pensó Rodolfo, que se puso muy pálido de pronto, ¡por eso has venido!».

Por fin, dijo en tono tranquilo:

—No los tengo, querida señora mía.

No mentía. Si los hubiera tenido seguramente se los habría dado, aunque generalmente sea desagradable hacer tan bellas acciones, pues de todas las borrascas que caen sobre el amor, ninguna lo enfría y lo desarraiga tanto como las peticiones de dinero.

Al principio Emma se quedó mirándole unos minutos.

—¡No los tienes!

Repitió varias veces:

—No los tienes… Debería haberme ahorrado esta última vergüenza. ¡Nunca me has querido! ¡Eres como los otros!

Emma se traicionaba, se perdía.

Rodolfo la interrumpió, afirmando que él mismo se encontraba apurado de dinero.

—¡Ah!, ¡te compadezco! —dijo Emma. ¡Sí, muchísimo!…

Y fijándose en una carabina damasquinada que brillaba en la panoplia:


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