Madame Bovary
Madame Bovary Carlos observó que en el fondo de la palangana habÃa una especie de arenilla blanca pegada a las paredes de porcelana.
—¡Es extraordinario!, ¡es raro! —repitió. Pero ella dijo con una voz fuerte:
—¡No, te equivocas!
Entonces, delicadamente y casi acariciándola, le pasó la mano sobre el estómago. Emma dio un grito agudo. Carlos se retiró todo asustado.
Después empezó a quejarse, al principio débilmente. Un gran escalofrÃo le sacudÃa los hombros, y se ponÃa más pálida que la sábana donde se hundÃan sus dedos crispados. Su pulso desigual era casi insensible ahora.
Unas gotas de sudor corrÃan por su cara azulada, que parecÃa como yerta en la exhalación de un vapor metálico. Sus dientes castañeteaban, sus ojos dilatados miraban vagamente a su alrededor, y a todas las preguntas respondÃa sólo con un movimiento de cabeza; incluso sonrió dos o tres veces. Poco a poco sus gemidos se hicieron más fuertes, se le escapó un alarido sordo; creyó que iba mejor y que se levantarÃa enseguida. Pero presa de grandes convulsiones, exclamó:
—¡Ah!, ¡esto es atroz, Dios mÃo!
Carlos cayó de rodillas ante su lecho.
—¡Habla!, ¿qué has comido? ¡Contesta, por el amor de Dios!