Madame Bovary
Madame Bovary Y la miraba con unos ojos de ternura como ella no habÃa visto nunca.
—Bueno, pues allá…, allá… —dijo con una voz desmayada.
Carlos saltó al escritorio, rompió el sello y leyó muy alto: «Que no acusen a nadie». Se detuvo, pasó la mano por los ojos, y volvió a leer.
—¡Cómo!… ¡Socorro!, ¡a mÃ!
Y no podÃa hacer otra cosa que repetir esta palabra: «¡Envenenada!, ¡envenenada!». Felicidad corrió a casa de Homais, quien repitió a gritos aquella exclamación, la señora Lefrançois la oyó en el «Lion d'Or», algunos se levantaron para decÃrselo a sus vecinos, y toda la noche el pueblo estuvo en vela.
Loco, balbuciente, a punto de desplomarse, Carlos daba vueltas por la habitación. Se pegaba contra los muebles, se arrancaba los cabellos, y el farmacéutico nunca habÃa creÃdo que pudiese haber un espectáculo tan espantoso.
Volvió a casa para escribir al señor Canivet y al doctor Lariviére. PerdÃa la cabeza; hizo más de quince borradores. Hipólito fue a Neufchâtel, y Justino espoleó tan fuerte el caballo de Bovary, que lo dejó en la cuesta del Bois Guillaume rendido y casi reventado.
Carlos quiso hojear su diccionario de medicina; no veÃa, las lÃneas bailaban.