Madame Bovary

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Frunció el ceño desde la puerta al percibir el aspecto cadavérico de Emma, tendida sobre la espalda, con la boca abierta. Después, aparentando escuchar a Canivet, se pasaba el índice bajo las aletas de la nariz y repetía:

—Bueno, bueno.

Pero hizo un gesto lento con los hombros. Bovary lo observó: se miraron; y aquel hombre, tan habituado, sin embargo, a ver los dolores, no pudo retener una lágrima que cayó sobre la chorrera de su camisa.

Quiso llevar a Canivet a la habitación contigua. Carlos lo siguió.

—Está muy mal, ¿verdad? ¿Si le pusiéramos unos sinapismos?, ¡qué sé yo! ¡Encuentre algo, usted que ha salvado a tantos!

Carlos le rodeaba el cuerpo con sus dos brazos, y lo contemplaba de un modo asustado, suplicante, medio abatido contra su pecho.

—Vamos, muchacho, ¡ánimo! Ya no hay nada que hacer.

Y el doctor Larivière apartó la vista.

—¿Se marcha usted?

—Voy a volver.

Salió como para dar una orden a su postillón con el señor Canivet, que tampoco tenía interés por ver morir a Emma entre sus manos.


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