Madame Bovary

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El farmacéutico se les unió en la plaza. No podía, por temperamento, separarse de la gente célebre. Por eso conjuró al señor Larivière que le hiciese el insigne honor de aceptar la invitación de almorzar.

Inmediatamente marcharon a buscar pichones al «Lion d'Or»; todas las chuletas que había en la carnicería, nata a casa de Tuvache, huevos a casa de Lestiboudis, y el boticario en persona ayudaba a los preparativos mientras que la señora Homais decía, estirando los cordones de su camisola:

—Usted me disculpará, señor, pues en nuestro pobre país si no se avisa la víspera…

—¡Las copas! —sopló Homais.

—Al menos si estuviéramos en la ciudad tendríamos la solución de las manos de cerdo rellenas.

—¡Cállate!… ¡A la mesa, doctor!

Le pareció bien, después de los primeros bocados, dar algunos detalles sobre la catástrofe:

—Al principio se presentó una sequedad en la faringe, después dolores insoportables en el epigastrio, grandes evacuaciones.

—¿Y cómo se ha envenenado?

—No lo sé, doctor, y ni siquiera sé muy bien dónde ha podido procurarse ese ácido arsenioso.

Justino, que llegaba entonces con una pila de platos, empezó a temblar.

—¿Qué tienes? —dijo el farmacéutico.


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