Madame Bovary

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El joven ante esta pregunta dejó caer todo por el suelo con un gran estrépito.

—¡Imbécil! —exclamó Homais, ¡zopenco!, ¡pedazo de burro!

Pero de repente, recobrándose:

—He querido, doctor, intentar un análisis, y en primer lugar he metido delicadamente en su tubo…

—Mejor habría sido —dijo el cirujano— meterle los dedos en la garganta.

Su colega se callaba, pues hacía un momento había recibido confidencialmente una fuerte reprimenda a propósito de su vomitivo, de suerte que este bueno de Canivet, tan arrogante y locuaz cuando lo del pie zopo, estaba ahora muy modesto; sonreía continuamente, con gesto de aprobación.

Homais se esponjaba en su orgullo de anfitrión, y el recuerdo de la aflicción de Bovary contribuía vagamente a su placer por una compensación egoísta que se hacía a sí mismo. Además, la presencia del doctor le entusiasmaba. Hacía gala de su erudición, citaba todo mezclando las cantáridas, el upas, el manzanillo, la víbora.


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